Dispositivo de Dibujo Interespecies. Foto: Pablo Caligaris, dic 2019
 

El Dispositivo de Dibujo Interespecies de Virginia Buitrón

Estar echadx, sin poder ver y en el medio de la mugre es una posible descripción del fracaso. Mirar con los ojos bien abiertos, recuperar la estatura y mantenerse alejadx de la podredumbre siguen siendo atributos humanxs festejados en el contexto antropocéntrico en el que nos encontramos.

En el Dispositivo de Dibujo Interespecies de Virginia Buitrón, las larvas ciegas, reptantes y “composteras” se oponen a esos paradigmas culturales. Desde hace unos años la artista empezó a observar a un grupo de larvas que reptaban por la basura y alojó su mirada en el reino animal que se encuentra más bajo para las consideraciones humanas (¿puede una larva ser tan tierna como un gatito, por ejemplo?). Las larvas y las moscas fueron durante siglos una apoyatura moral para el arte religioso, recordatorios de lo vil y putrefacto de la carne mundana de nuestros cuerpos ante los que se alzaba el reino celestial como único salvoconducto.

Pero esta lectura se mantiene aún en el pensamiento laico: los relatos mitológicos de la modernidad enfundan a ciertos animales (y no a otros) como símbolos del poder o la rabia bien entendida, por ejemplo. Incluso las hormigas, crueles trabajadoras, han sido referencia del esmero y la laboriosidad: desde las fábulas de la infancia se nos dijo que las hormigas que trabajan de sol a sol tienen más dignidad que las cigarras ociosas del puro canto. Virginia Buitrón fue a buscar a la basura de la historia cultural y encontró en las huellas reptantes de las larvas de Hermetia Illucens unas aliadas para poner en tensión el vínculo entre arte y agencia animal. 

Mediante los elefantes pintores o los monos artistas se intentó encontrar el germen del arte en los animales. Pero eso ha mantenido a nuestra conciencia y a nuestro sentido estético como la brecha que nos distancia de ellxs y como la única posibilidad para la creación de imágenes. Al margen de la penosa construcción del “arte como espectáculo” que esos experimentos ofrecen, los intentos por hacer pintar a los animales siempre tienen la mediación del pincel y el caballete, la extremidad simil mano y detrás una disciplina de rigurosidad militar: más de lo mismo. Las larvas de Buitrón, en cambio, pintan involuntariamente, dejando la huella de su cuerpo sobre un soporte ocasional y sin conducciones autoritarias. 

Desde tiempos inmemoriales se han interpretado los vuelos de las aves, se han leído las estrellas sobre el mar, se ha oído al viento como augurio de tormentas. Virginia eligió atender a las larvas y sus movimientos, nunca más allá de sus posibilidades ni torciendo sus objetivos vitales. Simplemente las hace dejar su huella para que veamos lo que pueden sus cuerpos y el ciclo natural que requiere su existencia. Ahora es tiempo de leerlas y ser la especie paciente que debemos ser. Pero el DDI de Virginia va mucho más allá de la producción visual: el DDI es también el hábitat de las larvas y un lugar de circulación de energías, transformaciones orgánicas e interacciones durante el ciclo de la vida.

Virginia y las larvas co-crean algo más que dibujos: construyen calma. No solo porque el carácter casi improductivo del DDI destruye a la ciencia voraz de resultados, desmereciendo el finalismo del pensamiento científico. La calma del DDI de Virginia nos exige una disposición paciente en el centro de la sala: no sucede nada grandilocuente, no pasará nada impredecible. Y eso es la naturaleza si la miramos como los animales que somos. Es que mirar el DDI de Buitrón es como estar en el centro de la selva o frente a un largo valle desértico. La quietud y el silencio cobijan debajo, delante, por encima y detrás, la ecología minuciosa de la naturaleza. Estar en calma, inexpectantes, frente al dispositivo de Virginia convoca a sentir la naturaleza con la empatía animal que ocultamos por temor. Con Buitrón y sus larvas, recuperamos la animalidad que necesitamos.


Marcos Kramer